Por El Vigilante Marismeño
Mire usted…
En Mazatlán ya no sorprende quién gana una elección; sorprende quién gana cuando gana el que ganó.
Porque desde hace varios trienios, el verdadero poder no vive en Palacio Municipal…
vive en casa. En el comedor. En la sala. En el corazón.
Sí, hablo de las parejas, amigos cercanos y consortes sentimentales que han convertido el Ayuntamiento en su mina personal.
Los nuevos multimillonarios del afecto político.
Vamos por partes, para no perdernos entre tanto amor y tanto negocio.
I. Fernando Pucheta y su protegido político: Martín Ochoa López
Aquí no hablamos de romance, sino de protección política pura y dura.
Martín Ochoa López llegó a Mazatlán como administrativo de tercer nivel en la Marina, sin patrimonio notable y sin influencia.
Pero llegó a la vida correcta: la de Fernando Pucheta.
Y desde entonces, su ascenso ha sido meteórico.
Con Pucheta como su padrino político:
• Fue Recaudador de Rentas.
• Fue Titular de Capta .
• Fue Secretario de Desarrollo Económico Municipal.
• Fue Presidente del PRI Municipal.
• Y hoy es Regidor por Morena (sí, Morena… pero por cuota de Pucheta).
Además, Pucheta ahora lo impulsa como posible candidato a diputado local o federal.
Porque los afectos, en política, pagan mejor que cualquier curriculum.
Aquí no hubo boda, pero sí hubo padrinazgo.
Y un padrinazgo que produce carrera, cargos y dinero.
II. El Químico Benítez y Gabriela Peña Chico: del llano a los millones
Aquí sí vamos a ser claros, porque Mazatlán se lo merece.
Luis Guillermo “El Químico” Benítez Torres y Gabriela Peña Chico, su entonces pareja (nunca se casaron), llegaron al poder sin grandes bienes, sin empresas, sin capital y sin patrimonio relevante.
Llegaron con lo que llega la gente normal:
esperanza, necesidad… y poco dinero.
Pero salieron millonarios.
Y con escándalos encima.
Durante el gobierno del Químico hubo:
• Desvíos millonarios documentados.
• Adjudicaciones directas opacas, la más famosa: el contrato de luminarias por casi 500 millones de pesos.
• Observaciones severas de la Auditoría Superior del Estado y la Auditoría Superior de la Federación.
• Pagos inflados, servicios inexistentes, contratos amañados, proveedores fantasma.
• Señalamientos de corrupción sistemática.
Y mientras el municipio se hundía en deuda,
la pareja ascendía.
Gabriela Peña Chico —quien llegó sin bienes relevantes— salió con fama, proyección, lujos y un nivel de vida que nunca tuvo antes del Químico.
Era la presidenta honorífica del DIF…
pero actuaba con la contundencia de una primera dama de facto.
El puerto aún recuerda la frase de la Auditoría cuando revisó la administración:
“Desorden absoluto, opacidad total, y beneficios concentrados.”
No es romanticismo. Es contabilidad.
III. Edgar González y María Teresa Apodaca: la excepción digna
En medio de este desfile de amores que se vuelven riqueza,
hay una historia rara, pero real.
La de Edgar González Zatarain y su esposa, María Teresa Apodaca.
Ella mantuvo siempre un perfil:
• institucional,
• prudente,
• responsable,
• sin buscar contratos,
• sin manipular licitaciones,
• sin influir en nombramientos,
• sin convertir el DIF en agencia de poder.
María Teresa dignificó su papel y mostró que se puede estar cerca del poder sin querer apropiarse de él.
En una selva donde muchos muerden, ella decidió no comer de lo ajeno.
Eso, en Mazatlán, merece reconocimiento.
IV. El capítulo actual: Estrella Palacios y el ascenso multimillonario de Román Lizárraga Quintero
Y ahora llegamos al caso más estridente, más comentado y más visible.
Estrella Palacios Domínguez, presidenta municipal,
y su esposo: Román Lizárraga Quintero.
Román, antes de este gobierno, tenía dos credenciales:
1. Una barbería, donde él mismo cortaba el cabello.
2. Ser empleado de los Venados de Mazatlán, subordinado a la familia Toledo y a Ismael Barros.
Ese era su mundo:
el de tijeras, máquinas, peinados, y la nómina del club.
Y de pronto, con Estrella como alcaldesa, Román se volvió el hombre más poderoso del Ayuntamiento.
Hoy se dice —y se comenta a gritos— que:
• Él decide nombramientos.
• Él autoriza licitaciones.
• Él negocia contratos.
• Él opera la caja política del municipio.
• Él administra los favores.
• Él vence y pone funcionarios.
• Él maneja los negocios grandes, medianos y chiquitos.
• Y además, es primo hermano del Oficial Mayor, lo que le da poder interno total.
Y como el poder produce dinero…
hoy Román anda con:
• guaruras,
• camionetas blindadas,
• escoltas,
• círculos cerrados,
• comitivas de protección,
• y un estilo de vida que ni los dueños de los Venados tenían.
En menos de un año pasó de cortar cabello…
a cortar el pastel del municipio.
Mazatlán no es ciego.
Mazatlán sabe quién manda.
Y hoy, digan lo que digan, el verdadero alcalde se llama Román Lizárraga Quintero.
V. ¿Qué nos queda?
La ley dice que las decisiones públicas deben ser imparciales.
La ética dice que el poder no puede usarse para favorecer a personas cercanas.
Y la ciudadanía dice que está cansada.
Porque Mazatlán ya no quiere más consortes multimillonarios.
Ni “primeros novios” administrando contratos.
Ni “amigos protegidos” manejando dependencias.
Ni barberos que de pronto controlan el presupuesto municipal.
Ni romances que valen licitaciones.
Ni afectos que valen adjudicaciones.
Mazatlán merece instituciones, no relaciones.
Aquí lo dejo.
Porque usted ya sabe.
Pero esta vez, había que decirlo fuerte.
Firma:
El Vigilante Marismeño
(Desde el manglar, donde todo se ve y nada se perdona.)
