Por Silvia Castillo Romero
12 de julio, 2023
“Milan Kundera, uno de los escritores más traducidos del mundo, falleció el 11 de julio de 2023 en su apartamento de París”, informó la biblioteca de Moravia, y pienso en que existen infinidad de referencias en la Internet sobre su vida y obra, pero curiosamente de su obra más citada “La Insoportable Levedad del Ser”, no encuentro referencias que considero esenciales para reflexionar sobre el mundo que existe hoy, un mundo muy distinto al que habitábamos cuando la novela mencionada vio la luz, a finales de los años 80.
Para empezar, todavía no vivíamos en la era de hiperconectividad, si bien ya conocíamos el discurso de lo enajenante de la televisión y lo vivíamos cotidianamente, todavía no nos enfrentábamos a esa conciencia de lo volátil de la existencia, experimentábamos los vínculos con todo su peso, todavía no permeaba el discurso individualista y neoliberal de “tú sé quien eres y si a alguien no le gusta, es problema suyo”; todavía no se dividía a la gente en bandos como equipos de futbol, quedaba algo de convicción en las ideologías, que no estaban sujetas a la conveniencia política o más precariamente, a la sobrevivencia laboral. En el mundo que hoy vivimos, en la lógica del mercado, Tomás sería más cotidiano y Sabina, con toda su liberalidad, encarnaría a la generalidad.
Bauman, el filósofo, habla de modernidad líquida, sociedad líquida o amor líquido para definir el actual momento de la historia, donde todo pasa y se diluye. Milan Kundera, en su novela, nos habló del peso y la levedad: “¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes. Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad? Este fue el interrogante que se planteó Parménides en el siglo sexto antes de Cristo. A su juicio todo el mundo estaba dividido en principios contradictorios: luz-oscuridad; sutil-tosco; calor-frío; ser-no ser.
Uno de los polos de la contradicción era, según él, positivo (la luz, el calor, lo fino, el ser), el otro negativo. Semejante división entre polos positivos y negativos puede parecemos puerilmente simple. Con una excepción: ¿qué es lo positivo, el peso o la levedad? Parménides respondió: la levedad es positiva, el peso es negativo. ¿Tenía razón o no? Es una incógnita. Sólo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones”.
Yo leí la novela a mediados de los años 90 y recuerdo que este fragmento fue motivo de escarnio, en su momento, por los más iluminados de los entornos culturales patrocinados. Decían que ahí andaba Kundera “dándoselas de filósofo”. En cambio para mi, en mi mirada de eterna aprendiz, era una interesante manera de plantear una reflexión sobre lo cotidiano y lo trascendente, y a partir de ahí, la idea de que lo cotidiano tiene un peso mayor de lo que a la mayoría de la gente le gustaría reconocer, empezó a germinar en mis tertulias con la soledad de la página en blanco, hasta convertirse en un planteamiento fundamental: Todo, hasta la decisión más ínfima hoy, conforma la realidad de mañana. Cada uno de nosotros crea su efecto mariposa.
Quiero cerrar esta brevísimo comentario, citando un pasaje, que curiosamente, nunca he encontrado referenciado en la infinidad de páginas sobre literatura que existen en las redes sociales, pero que sorprendentemente, refleja el lenguaje de esa imagen instantánea, que expresa sentimientos instantáneos, respuestas instantáneas y que se diluye de igual manera, en el escroleo, en los dispositivos, en el meme, en el trending topic. Atención en esto: estamos hablando de un pasaje de una novela publicada a finales de los años 80, pero que a la luz de las relaciones humanas de hoy, de las redes sociales y la hiperconectividad, su vigencia, cimbra, estremece, y me pregunto y les pregunto a ustedes que leen: ¿Acaso todo está hecho para ser mirado? ¿Es posible vivir sin anunciarlo al mundo? ¿Estamos de verdad, ganándole la partida al anonimato, al olvido? Parecería que la mayoría quisiera creer que si, al menos eso nos comunica, ese afán que tenemos, de documentarlo todo en las redes sociales:
“Algún acontecimiento flotaba en el aire. La gente aminoraba el paso y miraba hacia atrás. La actriz norteamericana, a la que habían situado al final de la marcha, se había negado a seguir soportando, la humillación y se había decidido a atacar. Echó a correr. Era como cuando en una carrera de cinco mil metros un corredor, que hasta el momento había estado ahorrando fuerzas y permanecía al final del pelotón, de pronto salta y adelanta a todos los demás corredores. Los hombres sonreían perplejos y se hacían a un lado para permitir la victoria de la famosa corredora, pero las mujeres gritaban: — ¡A su sitio! ¡Esto no es una marcha de estrellas de cine! Pero la actriz no se dejaba amedrentar y seguía corriendo acompañada por cinco fotógrafos y dos cámaras. Entonces una francesa, profesora de lingüística, cogió a la actriz por la muñeca y le dijo (en un inglés horrible): — ¡Esta es una marcha de médicos que quieren curar a los camboyanos que están mortalmente enfermos y no un espectáculo para estrellas de cine! La actriz tenía la muñeca cogida por la mano de la profesora de lingüística y le faltaba fuerza para soltarse. Dijo (en un inglés excelente): — ¡Vayase al diablo! ¡Yo he estado en cientos de marchas como ésta! ¡En todas partes hace falta que aparezcan estrellas! ¡Ese es nuestro trabajo! ¡Es nuestra obligación moral! — Mierda —dijo la profesora de lingüística (en un francés excelente). La actriz norteamericana la entendió y se echó a llorar. — No te muevas —gritó un camarógrafo y se arrodilló delante de ella. La actriz miró prolongadamente al objetivo mientras las lágrimas corrían por su cara”.
