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Políticos de lujo: cuando la austeridad solo fue discurso

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Por El Vigilante Marismeño

Hay una constante que se repite sexenio tras sexenio, partido tras partido y nivel de gobierno tras nivel de gobierno: la clase política mexicana vive en una realidad que no es la de la mayoría de los mexicanos. Un país donde el salario no alcanza, pero los viajes sí; donde el discurso habla de austeridad, pero las vitrinas son de lujo; donde se promete cercanía con la gente, pero se gobierna desde el privilegio.

Y no importa el color del partido. Cambian las siglas, no las costumbres.

Mientras millones de familias estiran el aguinaldo para sobrevivir diciembre, algunos políticos —o sus familiares— lo estiran para alcanzar Big Bear, Houston, Japón o boutiques de marcas que no aparecen en ningún recibo de nómina pública.

Navidad con nieve… pero lejos del municipio

En Sinaloa, el alcalde de Elota decidió desear una “muy feliz Navidad” desde Big Bear Lake, California. No desde su municipio, no desde una colonia popular, no desde una comunidad rural, sino desde un exclusivo destino invernal en Estados Unidos.

El mensaje hablaba de empatía, de solidaridad y de respeto. La imagen decía otra cosa: nieve, abrigo elegante y vacaciones. Y en política, las imágenes pesan más que los discursos. El resultado fue inmediato: reclamos, críticas y una pregunta elemental que sigue sin respuesta clara: ¿era el momento y el lugar?

La austeridad que no cabe en una bolsa Hermès

Morena hizo de la austeridad su bandera. Pero esa bandera se ha ido deshilachando con cada fotografía incómoda.

Ahí está el hijo del expresidente, captado saliendo de una boutique de lujo en Houston, cargando bolsas que simbolizan todo menos austeridad. Antes, su hermano había sido visto en Japón, también entre marcas exclusivas. Viajes, compras y estilos de vida que no encajan con el relato oficial de “vivir en la justa medianía”.

Y luego vino el episodio de las famosas chanclas. Una senadora preparando tacos en casa, sí. Pero usando sandalias cuyo precio supera lo que muchas familias ganan en varios meses. Después vinieron las explicaciones, los desmentidos, los “fue un error”, los documentos aclaratorios. Pero el dato quedó ahí, incómodo e imposible de borrar: un crédito hipotecario declarado por cientos de millones de pesos frente a ingresos que no alcanzan ni remotamente para explicarlo.

En política, como en la vida, no basta con decir que uno es austero: hay que parecerlo… y serlo.

El PRI y las mansiones que no caben en la declaración

El PRI tampoco tiene autoridad moral para levantar la ceja. Ahí está el caso del dirigente nacional que construyó una mansión que parece más un complejo turístico que una residencia particular. Albercas, cine privado, mármol, lujo desbordado… todo declarado a un valor irrisorio frente a su costo real.

Durante su gestión como gobernador, su sueldo no alcanzaba ni para el mantenimiento de esa propiedad. Aun así, la casa apareció. Y apareció el cinismo patrimonial: minimizar el valor en papel y maximizarlo en la realidad.

Los hijos incómodos del poder

Antes fueron los Bribiesca, durante el sexenio de Vicente Fox. Hijos de la entonces primera dama, señalados por contratos millonarios, favores desde el poder y negocios inexplicables. No hubo castigos ejemplares, pero quedó la lección: el apellido abre puertas, aunque el discurso diga lo contrario.

Mazatlán y la austeridad que no vive en casa

A nivel municipal, la historia se repite. En Mazatlán, la presidenta municipal intenta proyectar una imagen de gobierno austero. Pero su entorno inmediato cuenta otra historia.

Su esposo Román él RataRoman Lizárraga, sin un empleo formal conocido más allá de una barbería, hoy aparece como empresario, socio en múltiples proyectos, jugador frecuente de golf, usuario de vehículos de lujo y beneficiario de una vida que muchos describen como “dorada”.

No ocupa cargo público, pero vive como si lo hiciera. Y en política, lo que rodea al poder también es poder.

Al final, la misma historia

De Big Bear a Houston. De unas chanclas de lujo a una mansión multimillonaria. De hijos incómodos a parejas incómodas. El patrón se repite.

No entienden —o no quieren entender— que el mexicano común vive otra realidad. Una donde veinte mil pesos no son sandalias, sino colegiaturas; donde una casa no es un capricho, sino una meta inalcanzable; donde la austeridad no es discurso, sino necesidad.

Por eso la gente desconfía. Por eso ya no cree. Porque no importa el partido: cuando llegan al poder, muchos olvidan de dónde vienen.

Y México sigue esperando servidores públicos que vivan como lo que dicen ser, no como una élite desconectada del país real.

Hasta aquí le dejamos.

El Vigilante Marismeño

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