Tarde, pero sin sueño
Reaccionar ante la presión
Por Alejandro Gallardo
En un afán por negar la realidad, las autoridades de los tres niveles de gobierno han mantenido una actitud tibia frente al conflicto que, desde hace más de un año, enfrenta a grupos del crimen organizado en Sinaloa.
Su primera estrategia, como si se tratara de un marido infiel, fue negarlo todo, aun cuando la evidencia era imposible de ocultar. Prefirieron culpar a su enemigo favorito: la derecha, que irónicamente, frente a su pasividad, empieza a parecer más comprometida con la seguridad pública que ellos mismos.
Desde el poder, alegaban que la violencia se magnificaba con fines políticos, como parte de un supuesto complot para dañar a su “movimiento”, ese que se presume del lado de los ciudadanos y de las víctimas. Pero la realidad terminó por alcanzarlos.
Ha pasado un año. Casi dos mil homicidios dolosos, un número similar de desapariciones forzadas, más de dos mil vehículos robados, viviendas incendiadas y familias destruidas. Todo esto, minimizado por autoridades que insistían en que “ya estaban trabajando” para “volver a la normalidad”.
A nivel local, el caso de Mazatlán es particularmente revelador. La alcaldesa Estrella Palacios y su equipo han preferido inventar culpables en su imaginario colectivo antes que reconocer lo evidente: le dieron la espalda a las familias de desaparecidos que solo pedían ser escuchadas.
El colmo de la desconexión se vivió el pasado fin de semana. El sábado murió un joven de apenas 16 años, una víctima más de este clima de inseguridad que enluta a Sinaloa. Y mientras la noticia conmocionaba a la ciudadanía, la presidenta municipal celebraba en redes sociales las bondades turísticas del puerto, con mensajes y fotografías de «un bello amanecer».
Las reacciones no tardaron, especialmente de la familia de Sergio, el joven asesinado. Pero como era fin de semana, la presidenta y sus asesores —que no dan pie con bola y viven en una realidad paralela— decidieron guardar silencio hasta el lunes para emitir un mensaje público de “solidaridad y respaldo”.
Todo esto confirma que las autoridades reaccionan tarde, presionadas, y no por convicción. No hay, desde el origen, un verdadero interés por lo que le ocurre al “pueblo” que dicen representar. Mucho menos parece ser una prioridad.
Por eso son tan importantes las marchas y la movilización social. Porque si el poder no escucha al dolor, al menos debe temer a la indignación colectiva, que les puede golpear más adelante, donde más les duele, en las urnas.
Por lo pronto, es lo que hay.
