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Mazatlán

Filosofía Marismeña

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HIJO DE CAMPESINO

MDH Ramón Larrañaga Torróntegui

Corría el año 1970, eran mis primeros pasos en bachillerato. La idea de esa época especial quedaba atrás tras bambalinas entre el valor en que si era mala o buena en el sentido de encontrar sentido a un equilibrio deseado. A los estudiantes nos molestaban las desigualdades, frustraciones, la impotencia no estar fuerte en ¿Qué hacer? No comprendíamos si era peor permanecer en lo que dolía o romper las reglas del juego social cambiando el rumbo a costa de uno mismo. Una elección difícil por su riesgo, llevarlo a cabo tendría que ser a escondidas de los ojos del gobierno, capaz en cambiar la imagen de lucha digna ideológica por la ridícula señalización de vagos revoltosos, sin oficio, ni beneficio. El Grupo dominante con características malignas, perversas dedicado a manchar el honor, prestigio, triturar ideologías para que el campesino continuara relegado o el estudiante enterrado en un monte desconocido.

Evidentemente la educación, es parte de esa adquisición llamada honor, dignidad, pureza en ideales, intención de acción de aquellos que aman la libertad del ser y luchan para transformar las circunstancias que lo aquejan. La lucha de los estudiantes tiene un sabor especial, deseable para el espíritu. La base es observar el abuso que se presenta a diario y se arraiga en lo profundo para protestar, no dejar pisoteen su dignidad. El estudiante que llega del campo y desde niño observa a su padre tratado como desecho humano, se le acumula los sentimientos encontrados. Asume la responsabilidad ideológica en forma de columna de las siguientes generaciones. Nacen en zonas sin derecho a nada, alejados de una posible oportunidad. Son capaces en ofrendar su vida en ese esfuerzo que honre su acción, aprende que las protestas son irrelevantes.

Lejos quedaron las carretas de bueyes cargadas con costales de grano, pienso de comida para los animales, leña, botes de agua, sustituidas por cilindros de gas, red de agua, camionetas, tractores. Aquellos años en donde el orgullo del ranchero era su buen caballo, dos o tres vacas en el corral de su casa, la docena de gallinas, tres o cuatro perros. El burro para los niños con su aparejo. El burro un animal noble y no muy grande, al que llamábamos por un apelativo afectuoso, suficiente para todos los pueblo conocieran de quién era ese burro.

Las vacas las bautizábamos por sus cuernos, mirada, color, comportamiento, deficiencias físicas. El caballo la mayoría de las ocasiones lo acariciábamos y nos miraba con aquellos ojos grandes tiernos muy suyos que parecía hablarnos. La mula cuya terquedad se hacía presente (Amachaba: Termino usado para el sexo masculino de esta especie) quedándose inmóvil soportando el castigo sin obedecer órdenes. Definitivamente lo común era vender leche, cuajadas, gallinas, huevos y la vaca quebrada de la pata.

Mi padre en contadas ocasiones le escuche maldecir o utilizar palabras altisonantes a los animales, los miraba con sus ojos expresivos y les hablaba suavemente. Que recuerde, solo en una ocasión lo vi perder el control y le sonó un golpe en el hocico a un macho mañoso quien gustaba morder en la pierna al jinete. Se había puesto terco, sin obedecer moverse hasta que le llego el golpe en el hocico. En casa se obedecían las reglas al desayunar, cenar. Cosa que no sucedía a la hora de la comida ya que normalmente mi padre no se encontraba en casa.

Temprano el sol venia a verme entrando por la ventana en el segundo piso de la casa en donde vivía, así que era prácticamente el primero en la mesa exigiendo desayuno. Mi madre se levantaba a las cuatro de la mañana para ayudar y vender carne en un puesto en el mercado, al terminar se movía rápido a la casa para darnos desayuno, ver que fuéramos bañados y asistiéramos a la escuela. No importaba si era invierno, verano, otoño, siempre este era el rito a seguir. En aquellos años la noche era más oscura, nos alumbrábamos con una cachimba (Bombilla, Alumbrado) de petróleo.

En la noche la cena estaba compuesta con un pan y, un vaso de leche. En la noche  el pueblo se apostaba silencioso, oscuro, tenebroso, despoblado, nadie salía a la casa por miedo a los fantasmas, muertos. Oscureciendo la puerta se cerraba, solo mi padre llegaba tarde y mi madre bajaba a la cocina a calentar la comida de medio día. Siempre traía bajo el brazo el freno del caballo o el collar usado para la siembra en los animales.

Así se daba la vida. Las gentes vivían contentas. Una época laboriosa donde se exigía mucho al padre de familia sin importar el tiempo (verano, invierno). Mi trabajo en casa era ser el mandadero, ayudante de todo y hacedor de nada. Ir a encerrar las vacas al potrero, dar agua a los caballos en el rio, recolectar huevos en los nidos, recolectar leña, para guisar.

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