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Mazatlán

Filosofía Marismeña

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ACCIÓN SOCIAL

MDH Ramón Larrañaga Torróntegui

Es un principio básico de la psicología conductista: Los eventos que ocurren como consecuencia de una acción  determinan la probabilidad de que dicha conducta se repita y eventualmente se aprenda. Puesto de una manera sencilla, si a una conducta específica (por ej., el niño que exige que le compren el juguete de la vitrina) le sigue una consecuencia positiva para él (la madre complaciente se lo compra), se crea en la mente del niño una asociación de causa-efecto (“quiero el juguete” = “obtengo el juguete”) que usualmente se generaliza (“quiero ver TV” = “veo TV”, “quiero acostarme más tarde”, etc.).  Cuando los padres se den cuenta, el niño habrá aprendido a esperar a que sus deseos sean satisfechos inmediatamente.  Estas conductas inapropiadas se consolidarán (se aprenderán) porque los padres las premiaron (reforzaron) cada vez que el niño las expresó. De esta misma forma el niño aprenderá a mentir, decir malas palabras, robar, etcétera,  si al hacerlo obtiene un beneficio y ningún riesgo de castigo. 

Traslademos este esquema de aprendizaje a un ambiente ilegal, por ejemplo, la compraventa de productos robados.  La secuencia de eventos es la siguiente: alguien roba algo y lo vende, recibiendo dinero (refuerzo);  este a su vez lo vende y obtiene un poco más de dinero (refuerzo) de parte del comprador, quien obtiene un objeto a menor costo que en el mercado, ahorrándose la diferencia  (beneficiándose), lo que también refuerza su conducta.  En este ejemplo hay tres conductas ilegales (robar, comprar y vender objetos robados) que se refuerzan y aprenden porque casi todos los involucrados  se benefician prácticamente sin riesgo.   Y digo “casi” porque existe un perjudicado: el ciudadano al que le robaron el objeto. Pero, irónicamente, es el mismo ciudadano quien, al comprar un objeto robado,  estimula que esta cadena de eventos ilegales se repita y aun se generalice a otras áreas. Sin realmente darnos cuenta estamos contribuyendo a nuestro perjuicio.  Dadas las condiciones en que vivimos no es mucho lo que podemos hacer para evitar que nos roben, pero si dejamos de comprar lo que nos roban por lo menos les quitaremos el principal incentivo.

Aquel año hacía fila en el banco para cobrar mi salario cada quince días. Era imposible prever la cantidad de gente que habría en la cola, pero debían ser unas 50 personas, todas apiñadas entre esas cintas retráctiles que seguro inventó un pervertido en un sótano oscuro. Pero más que la habilidad del pervertido me asombraba la de los burócratas bancarios, expertos dibujantes de laberintos en salas impecables de cuatro metros por cuatro. Todo a propósito para que no nos colemos los ciudadanos que aguzamos nuestra libertad en estas situaciones límite. Nos ponen uno detrás del otro como fichas de dominó en una serpentina zigzagueante de la que no nos podemos escapar. Así avanzamos, como un tren del que caen los vagones al precipicio a medida que van llegando a hacer lo que les toque.

El hombre es un animal que hace filas. Así que esos días me vestía de psicólogo social y me preparaba para divertirme como un loco observando a los humanos. La genética me hizo intermedio (Ni, alto, ni chaparro), por lo que podía ver a todo el mundo desde una silla. Estaba claro que era un personaje extraño en ese colectivo, pero no tanto por mi altura como por mi facha de sapo de otro pozo.  No tenía ni idea de cómo comportarme y no conocía los códigos de acero de los profesionales de la fila: tipos a sueldo solo para estos menesteres. Algunos cobraban por ocupar el lugar hasta que, al llegar al final, los reemplazaba el original.

Una vez me llevé una novelita fácil para aprovechar el tiempo mientras avanzaba la cola con su cadencia de tortuga. Me concentré en la lectura hasta que los  veinte que estaban adelante dieron un paso hacia la meta y quedó un espacio de medio metro que llenó de ansiedad a los veinte de atrás. “¡Siga!” me gritaron a coro con un estruendo. Cuando los miré extrañado me preguntó furioso uno que abusaba de su segundo de autoridad: “¿Usted lee o hace la fila?”. Tuve claro desde ese momento que la fila es cosa seria y que requiere toda la concentración del caso.

Tan atentos hay que estar que no se puede permitir la menor distracción ni propia ni ajena, como en los semáforos. Recuerdo también un episodio que ocurrió entre dos que hacían la cola más atrás, a barlovento de las cajas. En un momento preciso uno de ellos, bien irritado, le preguntó al vecino: “¿Qué le pasa? El otro, entre atónito y furioso, apenas atinó a balbucear “¿qué, qué qué?”. Los demás esperábamos una buena pelea que terminó en nada, aborregada, como en todas las filas que conozco.

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