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Mazatlán

Filosofía marismeña

Fecha:

NADA

MDH Ramón Larrañaga Torróntegui

Eres niño y corres por las calles, montes, cabalgas en caballo de palo de escoba mientras la realidad no se hace presente. Vas recorriendo las estaciones, caminas bajo las gotas del esfuerzo, descansas bajo los árboles y buscas consuelo en la palabra de aliento de los padres, la única que no le es ajena y suena amorosa. De joven no se tiene compromiso se puede ir a donde se dé la gana, se da la oportunidad en ser libre y aunque es extraño es el camino de la futura mentira novelada o de un cuento antiguo del que poco se recuerda.

 Tal vez sea la etapa de la única verdad, del único camino que va algún lado, el sentimiento hermoso, lo que graba para contar historias, la relación dada, la división del sendero a seguir entre los que se quedan a vivir el día a día con las necesidades y los que alcanzan a vivir en forma desahogada. Es la historia de la oportunidad, la que realmente tiene importancia sin dejarse ver, la que incomoda y provee de fe, ley y el tiempo termina por cubrirlo todo.

Se sabe que no hay nada que hacer y se hace de todo sin hacerlo, desde lo agradable y lo que molesta, lo que divierte y asquea surgiendo entre instantes parrafeados negativos que juegan duramente en un futuro con los recuerdos. En la juventud se toman decisiones que conciernen y que nadie excepto el mismo joven conoce y puede cuestionarse en función de lo que decida, lo que elija, la relación hasta donde permita marcar su límite obligado por miedo, amor, verdad, mentira, cambiar, experiencia, jugar. La decisión se hace presente para lo que ocurra dentro y fuera del mismo con sentido de responsabilidad o deseo necesario la mayoría de las veces no permitido por la moral social.

Dentro de un todo y un nada, una vida en la cual aparentemente se tiene todo pero no se es feliz, es la sensación en estar fuera sin necesidad en ir a nada sino al lugar al que siempre se regresa con la sensación de pérdida, sin la posibilidad de romper y cambiar por un instante lo que se es, confiando en que vives haciendo o dando lo mejor de ti y la intención latente en dejarlo todo pero al verse vinculado regresa la mente al agradecimiento por lo que se posee, la infancia agradable sin esa necesidad en salir.

En aquella juventud no había compromiso contraído, se podía ir a donde uno quisiera sin rendir cuentas a nadie. En lo personal gustaba tomar notas, las plasmaba sin verlas como cultura, luego empecé a preocuparme en mejorarlas. Di a conocer las primeras y comprendí que escribía a gente que amaba la libertad.

Deseaba sacar lo mejor, pero esto no funcionaba aunque se insistiera en acercar las ideas a la generalidad. Los detractores eran recurrentes, deseaban colonizar mi mente, estar presentes en el criterio haciendo dejara dentro lo que se es y convertirme en una pequeña idea de servilismo. Eran los conquistadores que no comparten valores y son parte de la tradición de los abandonados que cambian sumisión por necesidad y reverencian de acuerdo a su dependencia.

Nuestras decisiones deben estar bien fundadas porque si no podemos dañar a otros. Y salir perdiendo. El joven cuenta con un campo activado en energía que brota con su voluntad y surge en estallido cuando esa energía es consciente en lo que quiere hacer. Es la realidad, siempre está presente, es la capacidad de un ser joven que va entrando a la experiencia concreta y valora su presencia, su alrededor, cuerpo terminando por activarlo.

La ventaja de un joven es: Siempre que quiera y decida ahí está desde el respeto profundo por ser el mismo, el camino que elija aunque no se esté de acuerdo, ya después vendrá otro tiempo para sanar las culpas. De ahí nace el tomar conciencia plena de lo mucho que ama su realidad aunque aún no cuenta con la capacidad para entenderla y trata de ocultar el deseo, la necesidad, lo que le ocurre tomando decisiones, responsabilidades, sentimientos y guardar las culpas.

Creces y la idea prevalece en que las cosas se te niegan, surge  la duda crea escepticismo, luego el silencio para unir necesidad con lengua manteniéndola separada para no molestar a nadie. Un silencio de espacio cómplice, a flor pero no compartido, es como echar una botella al mar con su respectiva carta. El adulto comprende el riesgo que marca el poder, la seguridad, contar con alimento, trabajo, justicia, bienestar y olvida en su camino la ilusión, esperanzas, respeto. Una soledad que lo acompaña en el silencio del fracaso, de la trampa de quien usurpa el fruto de su esfuerzo y opaca su crecimiento negándole brillar como cuando amaba el brillo del sol sobre su rostro.

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