Escrito por: SILVIA CASTILLO ROMERO
Guadalajara, Jalisco
Juan Carlos Patrón Rosales, desde la memoria de una compañera de universidad
Hay personas a las que conocemos cuando todavía no sabemos del todo quiénes llegaremos a ser. Las conocemos antes de los cargos, de los títulos, de las responsabilidades; cuando la vida es todavía un territorio abierto y el futuro, es apenas una conversación entre amigos.
Así recuerdo a Juan Carlos Patrón Rosales.
Nos conocimos en las aulas de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en Mazatlán, cuando estudiábamos la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, entre 1989 y 1994. Éramos jóvenes, compañeros de generación, habitantes de ese tiempo entrañable en el que uno comienza a descubrir el mundo mientras intenta descubrirse también a sí mismo.
En aquellos años compartimos salones, maestros, trabajos escolares, conversaciones, risas y esa particular complicidad que nace entre quienes atraviesan juntos una etapa decisiva de la vida. Estudiar Comunicación significaba mirar nuestro entorno con curiosidad, aprender a preguntar, discutir lo que sucedía alrededor y comenzar a construir una voz propia.
Juan Carlos tenía ya una inquietud que lo distinguía. Mientras muchos apenas imaginábamos hacia dónde dirigir nuestros pasos, él mostraba interés por la vida pública y por la política. No era difícil advertir que aquel terreno despertaba algo profundo en él. Había entusiasmo, convicción, facilidad para relacionarse con las personas y, sobre todo, una energía que lo llevaba a involucrarse.
Pero cuando pienso en el Juan Carlos de aquellos años, antes que cualquier aspiración política recuerdo al compañero.
Recuerdo su alegría, su manera de convivir, la cercanía con los demás. Hay cualidades que no aparecen en un currículum y, sin embargo, dicen mucho más de una persona que una larga enumeración de puestos. La capacidad de hacer amigos, de compartir una conversación, de reír, de conservar la sencillez en el trato. Ésas son algunas de las cosas que permanecen en mi memoria.
Hay una imagen de aquellos años que conservo especialmente: Mientras estudiaba la universidad, Juan Carlos emprendía. Recuerdo que vendía tortas y hamburguesas en un pequeño espacio. Puede parecer una anécdota sencilla, pero después de tantos años la miro de otra manera. Ahí estaba un muchacho que estudiaba, que comenzaba a interesarse por la política y que, al mismo tiempo, buscaba la forma de trabajar y abrirse camino por sí mismo.
No esperaba sentado a que la vida sucediera. Iba hacia ella.
Quizá entonces nosotros no pensábamos en palabras como emprendimiento, perseverancia o capacidad de trabajo. Simplemente veíamos a nuestro compañero haciendo lo necesario para salir adelante. Hoy, con la perspectiva que dan los años, encuentro en aquel pequeño negocio una parte importante de su carácter: la disposición para trabajar, emprender, resolver y continuar.
Pero si tuviera que elegir el recuerdo más entrañable de Juan Carlos durante aquellos años, seguramente tendría que hablar de la risa.
Nos reíamos muchísimo.
Juan Carlos tenía —y tiene— esa capacidad maravillosa de encontrar el lado gracioso de las cosas. Le encantaba contar anécdotas, recrearlas, ponerles ese ingrediente suyo que terminaba provocando la risa de quienes estábamos alrededor. Y nosotros reíamos. Reíamos hasta no poder más. De cualquier cosa. Con esa risa generosa de la juventud que no necesita demasiados motivos.
Cuando vuelvo mentalmente a aquellos años, puedo recordar salones y pasillos, pero también puedo escuchar nuestras carcajadas.
Y eso, después de más de tres décadas, significa mucho.
Porque la memoria es selectiva. Olvida fechas, detalles, conversaciones completas, pero guarda ciertas sensaciones intactas. Yo recuerdo la alegría de Juan Carlos, su sencillez, su facilidad para convivir y esa manera natural de acercarse a las personas sin mayores complicaciones.
Después llegó la vida y cada uno tomó su camino.
Yo dejé Mazatlán a mediados de los años 90, me fui a vivir a Guadalajara; y desde Guadalajara fui viendo, a lo largo de los años, la evolución de aquel compañero y amigo universitario.
Supe de su incursión profesional en los medios de comunicación, de sus responsabilidades en distintas áreas de comunicación institucional y, posteriormente, de una trayectoria cada vez más vinculada con la política y el servicio público. Con el tiempo fue regidor, ocupó distintas responsabilidades públicas y llegó al Congreso del Estado de Sinaloa como diputado local.
Su camino profesional y político se fue construyendo durante décadas.
También lo vi construir otra historia, quizá la más íntima y esencial: su familia. Se casó, llegaron sus tres hijas y, junto a la vida pública, apareció esa otra dimensión que transforma profundamente a las personas: ser esposo, ser padre, ser abuelo, acompañar el crecimiento de una familia mientras se intenta responder también a las exigencias de una vocación profesional.
Es cierto, la distancia hizo lo que suele hacer: modificó las rutinas, separó geografías y convirtió la convivencia cotidiana en recuerdos y encuentros ocasionales, pero muy valiosos, repartidos en el tiempo: como cuando lo visitamos en su casa, en Mazatlán, junto a su esposa Elizabeth e hijas, y conocimos sus nuevos emprendimientos; o como cuando compartimos una noche de karaoke en Guadalajara; una cena en Zapopan, en familia, con sus hijas convertidas en bellas adolescentes; sin faltar las reuniones con nuestro amigo Memo, en Mazatlán.
La distancia tiene también una extraña virtud: permite mirar el recorrido de las personas desde otra perspectiva.
A veces pienso en todo lo que cabe entre aquellos pupitres universitarios y el presente.
Más de tres décadas.
Parece mucho cuando se escribe así, pero la memoria tiene sus propios relojes. Basta recordar un pasillo, una conversación, alguna risa compartida, para que los años se replieguen y volvamos por un instante a ser aquellos jóvenes que estudiaban Ciencias de la Comunicación en Mazatlán y hablaban del futuro sin sospechar todo lo que el futuro traería consigo.
Por eso, cuando observo la trayectoria de Juan Carlos, inevitablemente la miro desde ese lugar privilegiado e íntimo, que concede haber conocido a una persona antes de que comenzara a ocupar espacios públicos importantes: la amistad.
Los cargos cambian. Llegan, terminan y son sustituidos por otros. La vida pública está hecha de ciclos. Lo que permanece es aquello que una persona lleva consigo de una etapa a otra: su manera de relacionarse con los demás, las convicciones que ha construido, los afectos que ha sabido conservar y la humanidad con la que transita por cada responsabilidad.
Hoy Juan Carlos inicia un nuevo momento de su trayectoria política. Después de haber ocupado distintas responsabilidades públicas, anunció su decisión de participar en el proceso interno de Morena para buscar la coordinación municipal en Mazatlán.
Yo observo este momento desde otro lugar: el de la amiga y compañera universitaria que ha sido testigo, unas veces de cerca y muchas otras desde la distancia, del paso del tiempo.
Y quizá por eso mi memoria no comienza en la política.
Comienza mucho antes: Conocí a Juan Carlos antes de los cargos, cuando el futuro todavía no tenía nombre.
Y ésa, quizá, sea una de las formas más sinceras de la amistad: poder decir, después de tantos años y desde la distancia, yo recuerdo de dónde vienes; tuve la fortuna de compartir contigo una parte de aquel comienzo y he visto, a través del tiempo, cómo has construido tu camino.
Recuerdo a Juan Carlos como:
El compañero con inquietudes políticas, que quería participar de las decisiones públicas, porque no estaba de acuerdo en que “otros decidieran por él”.
El amigo sencillo que contaba historias graciosas.
El joven con quien podíamos terminar riéndonos hasta que nos doliera el estómago.
No me corresponde hacer un balance de su trayectoria política. Mi mirada es otra. Es la mirada de la compañera de universidad y de la amiga que, aun viviendo lejos de Mazatlán, ha podido observar cómo aquel joven inquieto fue construyendo su propia historia.
Yo prefiero hablar de Juan Carlos desde las cualidades que le conozco:
La sencillez
La capacidad de trabajo
La perseverancia
La cercanía con la gente
La alegría
Para mí, Juan Carlos pertenece también a una época entrañable de mi propia historia. Hablar de él es volver inevitablemente a aquella generación de Ciencias de la Comunicación, a la Universidad Autónoma de Sinaloa, al Mazatlán de nuestra juventud y a quienes éramos nosotros antes de convertirnos en quienes somos hoy.
Hay amistades que poseen una cualidad particular: no necesitan de la convivencia cotidiana para conservar el afecto. Pueden atravesar ciudades, años y largos periodos de distancia y, cuando la memoria vuelve a ellas, algo permanece intacto.
Porque al final, detrás de cualquier trayectoria pública siempre existe una historia mucho más sencilla y profundamente humana: la de alguien que un día comenzó desde abajo, trabajó, soñó, formó una familia, tomó decisiones, recorrió caminos y siguió adelante.
Y algunos tuvimos la fortuna de estar allí, cuando apenas comenzaba la historia.
SILVIA CASTILLO ROMERO
(Mazatlán, Sinaloa, 1972)
Comunicóloga, actriz de teatro y docente. Hacedora de poemas, artículos, relatos y entrevistas, encuentra en la palabra —escrita, dicha o representada— una forma de explorar la experiencia humana. Desde 1990, sus textos han transitado por diversos medios impresos y digitales, antologías y publicaciones colectivas. Su escritura se mueve entre la observación de lo cotidiano, la cultura, la memoria y las preguntas que nacen de nuestra manera de estar en el mundo. En el 2011 fundó la plataforma cultural y de opinión QUIÉNES SOMOS HOY, un proyecto independiente de comunicación y periodismo cultural, que explora las historias, ideas y experiencias que nos definen como sociedad y como individuos.
