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Filosofía Marismeña

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APRENDER A VIVIR

MDH Ramón Larrañaga Torróntegui

La vida me ha enseñado muchas verdades las cuales he tenido que ir aprendiendo poco a poco debido a que soy lento en mi aprendizaje y una de ellas es: Que no importe lo que pase, o cuán malo puede parecer el día de hoy, la vida continúa, y mañana será mejor. Que se puede decir mucho sobre una persona a partir de la manera en que maneja estas tres situaciones: un día lluvioso, equipaje perdido, y el trabajo perdido. Aprendí que sin importar la relación que tengas con tus padres, los extrañarás cuando ya no estén en tu vida.

Que algo de que vivir, no es lo mismo que algo por quien vivir. Que a veces la vida te da segundas oportunidades y,  no hay que ir por la vida con guantes de boxeador en ambas manos, tienes que aprender a tirar algunas cosas. Aprendí que cuando decido algo con un corazón abierto, casi siempre tomo la decisión correcta, sin importar el resultado final que incluso cuando siento molestias. No soy de nadie, no tengo pertenencia a pesar del amor que entrego, para nadie. Aprendí que todos los días deberían acercarme y tocar a alguien. La gente ama un cálido abrazo, o simplemente una palmada amistosa en la espalda.

Que aún tengo mucho por aprender. Comprendí aunque tarde en hacerlo, que las personas olvidarán lo que dijiste, lo que hiciste, pero nunca cómo las hiciste sentir. Que aunque no vea las estrellas de día, no quiere decir que no existan y, aunque no vea a Dios en mis días de ignorancia y tormento, no digo que no hay Dios.- Confiar en Dios,  lleno mi vida de paz, de gozo, de amor. Asimilé a no perder la calma, que todos somos hermanos, hijos, padres por eso tenemos que amarnos, comprendernos, respetarnos, ayudarnos. Que el único recurso que tenemos para la educación es desarrollar la inteligencia de nuestros niños. Ahora bien, ¿a qué me refiero cuando hablo de inteligencia? Nos han metido en un callejón sin salida, incluida la familia. Hemos dicho –y todavía se sigue señalando en las universidades que la función principal de la inteligencia es conocer, y que su culminación es ciencia.-Grave error filosófico.

Con ello, lo que queremos es que nuestros niños sean unos científicos, excluyendo de la inteligencia todo el campo de los sentimientos. Los sentimientos son una cosa que nos zarandea, perturba y que, sobre todo, no se puede educar. Creo firmemente que los sentimientos se pueden educar. Es evidente que las culturas se diferencian por el tipo de sentimientos que promueven: hay culturas pacíficas y culturas belicosas, de la cooperación y de la convivencia, de las relaciones humanas y de la individualidad feroz.

La que estemos promoviendo es la que viviremos en la calle. Es muy difícil avanzar  cuando hemos estado cargando las tintas en la autosuficiencia personal creyendo ser autosuficientes y, que no ocupamos de nadie o esporádicamente, para los fines de semana, el resultado es ese tipo de relación de hoy día que en Estados Unidos se llama living apart together (Vivir juntos, pero separados). Así, la inteligencia no sólo no debe temer a los sentimientos, sino que, además, ha de estar a su servicio.

La razón es muy sencilla. Todo lo que hacemos tiene que ver con los sentimientos, es lo que mantiene un estado de ánimo, o deseamos cambiarlo (si es malo). Eso es lo que pretendemos cuando estudiamos, nos casamos o tenemos un hijo. Es lo que está configurando, determinando, impulsando y modulando nuestra manera de vivir.

No se actúa por razonamiento, sino por deseo; lo que después hace el razonamiento es intentar justificar el deseo, controlarlo o conseguirlo. De esta manera, la inteligencia está al servicio de los sentimientos. Me cultivé en saludar al vecino con un saludo lleno de gozo, pude enmendar corazones rotos mediante un consejo sano, conquistar un amigo que se decía mi enemigo, quite de mi mente el destilar veneno que a nada conduce.

Encontré que el amor siempre está a mi lado y, ayuda a superar obstáculos. Vivo alegre, contento y,  trato en ser abono para que florezcan flores bellas en mí y en el jardín ajeno. No pierdo mí tiempo aparentando lo que no soy. Pienso que la verdad es perla fina.- Cosechamos lo que sembramos. Si siembras tristeza, chismes y ambición, su cosecha será infierno. Si siembra optimismo, comprensión y paz, recogerá alegría, amor, felicidad. Las palabras son la semilla del huerto. Si sembramos confianza en los que nos rodean, albergaremos por siempre en la ternura infinita del Amor. Quien da la vida por su amigo o enemigo, ama y sirve, es árbol de mil cosechas de gozo y paz y amor.  

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