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Mazatlán

Filosofía marismeña

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LA DEJE PLANTADA

MDH Ramón Larrañaga Torróntegui

Cuando joven, era la chica más deseada y buscada por todos los estudiantes de la secundaria, y lo sabía” donde la adolescencia se mueve entre la efusividad y la frustración, entre la emoción y el fracaso de las relaciones. Después de muchos años la encontré en un restaurante frente al malecón y me dijo esperaba alguien a quien ella amaba. Una juventud a la que se le acusa de frívola y, sufre intensamente el principio hormonal estalla y al mirar el rostro de la madurez en la vida no están exentos de dolor e incomprensión.

Los rostros hermosos que admiramos en la juventud, pasan, se van, no vuelven y quizás con el paso de años los volvamos a encontrar “Mirar” en algún lugar, momento, foto, face, nadie sabe cuándo, donde. Las ilusiones que tenias en la cabeza en aquel momento eran interminables. Las fantasías estaban presentes actuaban sin descanso, hasta tal punto en el cual era difícil reconocer si su hacer era bueno o malo, pero estaban ahí en espera de salir jubilosas.

Aún así, en aquel momento existía el dolor al desengaño, abrir heridas, era una manera de vivir la juventud y de pensar aunque las ideas no concordaban en su mundo. Aun así, la juventud seguía de pie intentando hacerse oír. Un día apareció la que creía que iba a ser distinta, la que la escuchaba, la intentaba comprender, como siempre ella lo veía, o intentaba verlo.

Muchas conclusiones apresuradas, ilusiones formadas, mantras de satisfacción, belleza y plenitud que acariciaban sus noches, días, horas. Pero solo era producto de mis deseos juveniles, deseos al fin de unas hormonas alteradas. La realidad era mucho más minúscula de lo que ella creía en realidad. Como siempre, una vez más. Le hable, insistí, pero ella desapareció, pero antes de irse accedió. Yo, no me rendí, use desde una paloma mensajera hasta una señal de humo, la misma telepatía, el cartero, la vecina y la amiga. Procure de mil y una formas que el mensaje le llegara.- Nunca contesto. Al paso de los años, una tarde volvió, entro, se sentó frente a mí y en el mismo lugar llamo al mesero y pidió un refresco.

El aire fresco del mar la rodeaba, el sol la iluminaba y acompañaba. Recargada sobre los almohadones y observada por varios que pasaban por allí espero. Dos personas se le sentaron adelante. Una después de la otra, cada una hizo lo suyo y se marcho y ella seguí allí. El sol le daba de perfil, se estaba ocultando, las luces de aquel atardecer se hacían más presentes, la gente pasaba y ella miraba, seguía mirando hacia el malecón como si esperara a otra persona. Cada vez que la puerta se abría y entraba otro hombre, mi corazón daba un vuelco.

Tal vez esta vez sí sea él, a quien ella entrego su amor. Pero en el fondo lo sabía, sabía lo que pasaría, sabía que era en vano seguir allí, pero no quería rendirse, tal vez esta vez algo cambiaría y seria ella la que se quedaría esperando como “Yo” muchos años atrás cuando ella no llego. La imagen en su rostro joven, iba y venía en mi mente atormentada. Esperaba ver reflejado en sus ojos aquel rostro dulce, casi infantil en sus años mozos. Respiraba, miraba, una, dos, cien, mil veces más y el personaje esperado no llegaba.

Pero solamente la nada la acompañaba, la nada junto a soledad y su inquietud. Por mi parte, no dejaba de mirarla de reojo, no quería soltar la fantasía de los dos abrazados, riendo, acariciando, amando en aquella lejana juventud y su divino tesoro, que lo mismo da amores que quita. Ya no la necesitaba, se había marchado, ya apenas la conocía se habían ido con los años las ilusiones, la emanación, su aroma y los sueños. Los años le juegan a cualquiera los dados en contra y nos convierte a todos en seres diferentes, es el tiempo quien se lleva la mirada dulce.

Ella se sigue levantando en espera de que la puerta se abra y entre a quien espera, se sigue levantando unas cien veces más. Los rostros pasan, se ocultan y disfrazan. Aunque ella crea verlo mirar, buscar, encontrar, pronto ese fantasma se borra cuando la realidad le pasa por encima. Y aunque el tiempo paso, el sol se oculto, ella no quiso abandonar el lugar sin dejar muerta su ultima migaja de esperanza pero esta falleció, se enterró allí, en ese restaurante frente al malecón, donde espero, y murió esperando a que esta vez si fuera él, aquel que le prometió llegar, la amaba, tal vez esta vez fuera mejor así, tal vez esta vez su corazón no aguantaría otra desilusión.

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